
Pizza de prosciutto
El truco de esta pizza está en el orden en que va cada cosa encima, no en tener un horno de leña en casa. La masa lleva agua, sin huevo ni leche, así que sale ligera en lugar de compacta — más parecida a la de una pizzería napolitana que a una masa gruesa de las que se piden a domicilio.
La clave real es cuándo entra el prosciutto: después de hornear, nunca antes. Si lo metes al horno junto con el resto, las lonchas finas se resecan y quedan correosas, casi como una chip. Colocado sobre la pizza recién salida, en cambio, solo se atempera con el calor residual y mantiene su textura tierna. Lo mismo pasa con la albahaca fresca: se quema y se pone amarga si entra al horno, así que va encima al final, igual que el pesto.
Con un horno doméstico normal, sin piedra de pizza ni horno especial, la cocción son 10-12 minutos a temperatura máxima — nada que requiera equipo profesional. El queso curado (tipo parmesano) que se añade junto a la mozzarella aporta un punto salado que la mozzarella sola no da, así que no conviene saltárselo aunque la cantidad parezca pequeña en la receta.
Se puede dejar la masa preparada por la mañana y guardarla en la nevera hasta la noche, lo que la convierte en una opción tanto para una cena rápida entre semana como para cuando llegan invitados: montar, hornear y servir, sin más complicación de la que parece.


















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